Archivo

Posts Tagged ‘DIA DEL LIBRO’

Juan Gelman “Ahí está la poesía, de pie contra la muerte”

Miércoles, abril 23, 2008 Deja un comentario

Noticias relacionadas

Día del Libro 2008: entrega del Premio Cervantes

Gelman: “Ahí está la poesía, de pie contra la muerte”


El escritor argentino Juan Gelman es el ganador del Premio Cervantes 2007. Fiel a la tradición, este año ha recaído en un literato del otro lado del Atlántico, que recoge el testigo del leonés Antonio Gamoneda.

Juan Gelman, periodista y poeta clave de la segunda mitad del siglo, recibió hoy en Madrid de manos del rey de España Juan Carlos el Premio Cervantes de Literatura, el más prestigioso de las letras en español por su trayectoria y obra poética. En su discurso, conmovedor y reflexivo como siempre, Gelman ensalzó la poesía en estos “tiempos mezquinos y de penuria”, y afirmó que las heridas de la dictadura en la Argentina “aún no están cerradas”, sino que “laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego”.

El acto se realizó en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna del autor del Quijote. También asistieron la reina Sofía, el presidente español y los nietos del poeta, incluida Macarena, nacida en cautiverio y recuperada por su abuelo en 2000.

Este argentino nació en Buenos Aires en 1930 en el seno de una familia de inmigrantes judíos ucranianos que tuvo que huir hacia la capital argentina cuando los crímenes de Stalin empezaron a ser insoportables.

La política lleva presente en su vida desde la infancia. “De niño recogíamos todos los envoltorios plateados de las chocolatinas porque nos decían que servían para hacer balas para los que peleaban contra Franco”, recuerda.

La obra de Gelman siempre estuvo vinculada a los horrores cometidos por la última dictadura argentina: los militares se llevaron a sus compañeros Paco Urondo, Rodolfo Walsh y asesinaron a su hijo Marcelo y torturaron y desaparecieron a su nuera Claudia.

Aún así, Gelman reivindica el significado estrictamente literario de su obra, por la que ya ganó el Juan Rulfo y el Reina Sofía.En un mundo como el actual en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza, ahí está la poesía, de pie contra la muerte”, dijo el gran poeta. Posteriormente, la dictadura militar argentina asesinó a su hijo Marcelo y a la mujer de éste, y entregaron la niña de ambos a un policía. “Tardamos 15 años en encontrar los restos de mi hijo y 23 en encontrar la niña. Seguimos buscando los restos de mi nuera”, señala.

Después de muchos años de estar perseguido y condenado a muerte en Argentina, ya puede regresar a su país, aunque él prefiere seguir afincado en México.

Entre sus obras más importantes se encuentran Violín y otras cuestiones, El juego en que andamos, Velorio del solo, Gotan, Cólera buey, En el hoy, mañana y ayer, Valer la pena y País que fue, será.

Hoy personalidades de todo el mundo lo celebran con justicia.

Vía | Clarín
Sitio oficial | La bitácora de Gelman

Juan Gelman reivindica la memoria al recibir el Premio Cervantes

Juan Gelman, el poeta musical y político

Un poeta que ha roto los límites como una necesidad expresiva

Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke.

Miércoles, abril 23, 2008 Deja un comentario

Carta de Rainer María Rilke

París, a 17 de febrero de 1903

Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura…

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.

Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera.) Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.

¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar…

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

Con todo afecto y simpatía,

Rainer Maria Rilke

El Quijote en el Día del Libro

Miércoles, abril 23, 2008 Deja un comentario
Una rosa y un libro.

CAPÍTULO XLI


De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura


…..A esto dijo la duquesa:
-Sancho amigo, mirad lo que decís; que, a lo que parece, vos no vis­teis la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un hombre sólo había de cubrir toda la tierra.
-Así es verdad -respondió Sancho-; pero, con todo eso, la descubrí por un ladito, y la vi toda.
-Mirad, Sancho —dijo la duquesa-, que por un ladito no se ve el todo de lo que se mira.
-Yo no sé esas miradas -replicó Sancho-; sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome junto a las cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas “, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio gana de entreténerme con ellas un rato. Y si no lo cumpliera a mí me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.
-Y en tanto que el buen Sancho se entretenía en las cabras -preguntó el duque-, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?
A lo que don Quijote respondió:
–Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden na­tural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo, ni la tierra, ni el mar, ni lasarenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que tocaba a la del fuego, pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última re­gión del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas (*)que Sancho dice, sin abrasarnos; y pues no nos asuramos aa, o Sancho miente, o Sancho sueña.
-Ni miento ni sueño -respondió Sancho-; si no, pregúntenme las se­ñas de tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.
-Dígalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.
—Son -respondió Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla.
-Nueva manera de cabras es ésa -dijo el duque-, y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores. -Bien claro está, eso -dijo Sancho-; sí, que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.
-Decidme, Sancho -preguntó el duque-: ¿visteis allá entre esas cabras algún cabrón?
-No, señor -respondió Sancho-; pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que Ilevaba Sancho bastante hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín.
En resolución, éste -fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a los duques, no sólo en aquel tiempo, sino en el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera; y llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:
-Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el ciclo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.

(* ) Constelación de las Pleyades

Categorías:Alicante Etiquetas: , ,